Martha
Lamas
La bella y estremecedora película Amour, que tiene el mismo desenlace de la
película mexicana Las buenas hierbas de María Novaro, ha vuelto a poner en
circulación el debate sobre la muerte compasiva. Eutanasia significa “muerte
sin sufrimiento físico” y hoy en día se prefiere hablar de suicidio asistido
más que de eutanasia, por el simple hecho de que en la palabra “suicidio” se
reconoce más fácilmente la voluntad de la propia persona de poner fin a su
vida. Nadie, en sus cabales, desea morir. Sólo un dolor enloquecedor o el miedo
a una incapacidad extrema hacen que se elija la muerte.
Ya
es legal en ciertas sociedades la posibilidad de que enfermos terminales, a
quienes sus médicos pronostican pocos meses de vida, puedan acortar la agonía y
tomar los barbitúricos indicados, incluso acompañados de sus seres queridos.
Además, en otras sociedades muchos médicos facilitan –a sus pacientes
extralegalmente– terminales dosis letales de sedantes, para aliviarlos en su
lucha contra un final inevitable y doloroso.
A
esta forma de eutanasia voluntaria se la llama “muerte con dignidad”. Pero,
¿qué hacer cuando se llega a una situación de extrema incapacidad para tomar la
decisión de irse? En el caso de Amour, cuando el deterioro de Anne ya no le permite
pedir un suicidio asistido, será el marido quien, en un verdadero acto de amor
compasivo, tome la decisión. Y el hecho de que ella no haya consignado con
anterioridad su voluntad lo obligará a él a suicidarse, probablemente para no
ser acusado de asesinato.
Ahora
bien, el deseo de que cada persona pueda tomar la decisión de morir dignamente
no responde a un impulso de autodestrucción sino a un acto de
autodeterminación, mediante el cual se desea preservar la independencia, la
dignidad y el sentido de la vida. Yo espero que quienes me rodean tengan la
compasión de dejarme ir, no sólo si me encuentro en un coma irreversible o
descerebrada, sino también si me ocurriera algo similar a lo que le pasa a Anne
en la película. Si tuviera un episodio cerebrovascular que me restara la
autonomía básica, y tuviera que ser alimentada, bañada y atendida, desearía que
se me preguntara si ya me quiero morir, y que me facilitaran el camino.
El
pasado jueves 28 de febrero, en el Tribunal Superior de Justicia capitalino, el
Colegio de Notarios del Distrito Federal, A.C., anunció que marzo será el mes
del Documento de la Voluntad Anticipada. En ese acto varios personajes harán su
documento notariado. Yo pienso hacerlo lo más pronto posible, para quedar
tranquila de saber que, al haberlo estipulado claramente, no se alargará mi
vida en una serie de circunstancias dolorosas, que van desde Alzheimer hasta
daños cerebrales severos o una enfermedad degenerativa neuromuscular en fase
avanzada, como esclerosis múltiple, o un cáncer maligno con metástasis.
Así
como me aterra quedar en manos de médicos que traten, a toda costa, de
prolongar mi vida biológica cuando ya mi mente desvaríe o no funcione, igual me
causa pánico el nivel de dependencia de quedar en manos de cuidadoras que me
cambien pañales y me alimenten. Quedar tan inerme como Anne me provoca horror.
¡Qué valiente y compasiva la decisión de Georges! El suyo sí fue, realmente, un
acto de amor.
Finalmente,
elegir morir a tiempo no sólo puede evitarnos padecimientos y degradación, sino
que también puede evitarles a nuestros seres queridos situaciones dolorosas y
desgastantes, además de que pueden quedar desprotegidos económicamente por las
sumas considerables de los gastos médicos. Por eso, además de realizar nuestro
documento de “voluntades anticipadas”, es imprescindible luchar para que se
legisle sobre el bien morir.
Hoy,
en México, se requiere una ley que avale el suicidio asistido. Hay una cruel
paradoja: las personas sanas logran suicidarse sin problemas, pero cuando una
enfermedad limita las posibilidades de un cuerpo, se requiere ayuda para
quitarse la vida. Tal es el famoso caso de Ramón Sampedro, que el cineasta
Alejandro Amenábar consignó en la película Mar adentro. En ese tipo de
circunstancias limitantes, la ayuda de una tercera persona es crucial, pues no
es posible suicidarse sin asistencia.
Es
obvio que los grupos religiosos, que consideran que como Dios da la vida nadie
tiene derecho a quitarla, pondrán todo tipo de obstáculos en el camino que se
siga en busca del derecho a terminar de buena manera con la vida. Sin embargo,
en un Estado laico como México, donde ya es una realidad el testamento en vida
sobre las disposiciones que queremos que se tomen cuando nos ocurra un
accidente que nos deje incapacitados para expresar nuestra voluntad, el
siguiente paso adelante es legislar el suicidio asistido. Todas las personas
vamos a morir. La posibilidad de elegir hacerlo a tiempo evitando dolores y
problemas debería ser un derecho de todas. Parafraseando a nuestro Benemérito:
El respeto al suicidio ajeno es la paz.
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